¡Un poquito de guasa, Mariano, que me vas a matar a disgustos...!
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viernes, 25 de noviembre de 2011
lunes, 28 de marzo de 2011
Merece la pena
Mi pena es muy mala
porque es una pena que yo no quisiera
que se me quitara.
Manuel Machado, "Seguiriyas gitanas"
Cuando por las calles voy
hago a las piedras llorar
en ver con las grandes ducas
que yo te salgo a buscar.
Pastora Pavón, La Niña de los peines
porque es una pena que yo no quisiera
que se me quitara.
Manuel Machado, "Seguiriyas gitanas"
Cuando por las calles voy
hago a las piedras llorar
en ver con las grandes ducas
que yo te salgo a buscar.
Pastora Pavón, La Niña de los peines
"Sarvam dukkham": "todo es dolor", dice la primera de las Cuatro Nobles Verdades con las que Sidharta Gautama el Buda elaboró el diagnóstico y tratamiento para los problemas que aquejan a la humanidad. "Todo es dolor", aunque quizás deberíamos traducir mejor: "todo es pena", para poner en relación directa la dukkha budista con las ducas gitanas. No es ninguna casualidad la coincidencia en el término, pues es bien sabido el origen indio de la lengua romaní. "Todo es pena", como dice Felix Grande:
Maldita sea mi suerte
todo es pena para mí
ayer penaba por verte
y hoy peno porque te vi.
Más allá de estas relaciones anecdóticas, es interesante contrastar la renuncia budista a la sed y a la pena con la vivencia insaciable de la pena a través del arte. No me estoy refiriendo a la vivencia sombría, angustiosa y solitaria del poeta apenado que, como Miguel Hernández, es el "hombre más apenado que ninguno" . Estoy hablando de esa vivencia casi gozosa de la pena en la catarsis de la fiesta. El cantaor comparte su soledad, su soleá, con otras soledades a través de la fiesta, donde, como decía Nietzsche, la alegría redime todos los dolores. En la fiesta flamenca, sin solución de continuidad, se suceden las alegrías y las soleares, y la duca encarna la pena más inconsolable, pero también le hace un guiño a la guasa:
La pena y el contento se entrelazan y bailan al ritmo de las palmas y los jaleos:
Y entre los caldos, las palmas y el cachondeo, se pueden escuchar soleares que te ponen los pelos de punta:
Es la catarsis dionisíaca de la tragedia, la afirmación de la vida... y de la muerte. La afirmación de que la vida... merece la pena.
¡Que venga Dios y lo vea
las ducas que estoy pasando
por una mujé tan fea!
Mira si estamos contentos
que el pito de la olla exprés
no se para ni un momento.
Pasó la muerte a mi lao
le dije que la quería
y allí me dejó plantao.
martes, 4 de enero de 2011
Mucha mierda
No es un secreto que los titulares de los derechos de autor, sólo inicialmente coinciden con los autores reales (titulares originarios). Los titulares que ostentan los derechos, en su mayoría, son empresarios, editores, u otros agentes que obtienen los derechos de manos de los autores, en muchas ocasiones mediante contratos leoninos, pagando sumas irrisorias y asumiendo los mínimos riesgos. Estos son los que ejercen el lobby en nombre de los derechos del autor para obtener la prolongación de los plazos, promover la lucha antipiratería y muchas otras demandas.
Aunque es un secreto a voces que tras la máscara reivindicativa de los derechos de autor no pocas veces se esconde el ansia viva de lucro, algunos de nuestros autores-creadores pretenden desviar nuestra atención de tan lucrativo negocio –que tiene mucho más de industria que de cultural-, insistiendo en el carácter severamente delictivo de todo intento de aliviar o eludir los abultados cánones que protegen tales “derechos”. Y lo más grave es que la inmensa mayoría de los creadores y artistas del pasado y el presente han estado muy lejos del lucro inmundo que exhiben hoy muchos de los famosos. La cuestión es que son precisamente los privilegiados que han conseguido dar el pelotazo los que ladran quejándose por el supuesto robo –en realidad lucro cesante- que les supone cada descarga. Veamos cómo argumentan tres de ellos, un músico, un actor y un escritor, en los respectivos artículos con los que, sin cortarse ni un pelo, han salido al ruedo en los últimos días.
Seguir leyendo... ▼Alejandro Sanz se muestra indignado ante lo que él llama dictadura de los Señores de la Red, y no escatima en insultos para tales fascistas: talibanes, proxenetas, piratas… Se justifica diciendo que es su respuesta a los insultos e improperios que le llovieron en Twiter tras haber expresado su disconformidad por la no aprobación de la Ley Sinde. Es decir: ojo por ojo, insulto por insulto…Lo que más me sorprende no es su fidelidad a dos leyes obsoletas –la Ley Sinde y la del Talión-, sino la miopía ante tal vez lo más parecido a la democracia y a la libertad de expresión que el hombre haya conocido: el ágora virtual, el foro global de esa Red que Alejandro Sanz imagina, sin embargo, manejada por hilos fascistas. Precisamente leyes como la que él dice defender y monopolios pretendidamente culturales, como la industria musical en la que está tan bien ubicado, son los que pueden atentar contra la democracia y la libertad de expresión. “Los monopolios culturales –dice Joost Smiers en Imagine…no copyright- dejan en la sombra a demasiadas melodías, textos e imágenes, a nuestra fantasía y nuestra creatividad. Esto es algo terrible, ya que la diversidad es esencial para que las democracias puedan funcionar”.
No es de extrañar que para Alejandro Sanz todos los demás –incluidos los músicos que no se forran- estemos fuera de lugar: “Estos desubicados son los que creen que mi trabajo y el de todos los trabajadores de la industria musical les pertenece sin más”. ¿Todos? Para empezar, no todos cobran más de 200.000€ por concierto. No todo es industria en la cultura:
Artistas como Enrique Sierra, ex guitarrista de Radio Futura, ante “la decadencia de la industria cultural” decidió poner en marcha http://www.127.es/. Se trata de un lugar donde se puede [o se podía, pues yo he intentado entrar y me da errores] obtener contenidos digitales completamente legal y gratis, en el que es posible encontrar contenidos ya sean de audio o imagen, como documentos de texto o incluso software. Para ello, los autores que compartan sus obras recibirán el 50 % de los ingresos generados mediante la publicidad y que irá en función del número de descargas de sus obras.
También hay otras formas de entender esa industria al margen de las grandes corporaciones monopolistas. Joost Smiers, en el libro citado, nos muestra un ejemplo del modelo llamado «tú pones el precio»:
El conjunto Radiohead, por ejemplo, ha colgado recientemente su último álbum In Rainbows en Internet sin un precio determinado. Radiohead deja que sus fans decidan el precio que crean justo para su trabajo. Más de un millón de fans han descargado el álbum, y entre un 40 y un 60% decidió compensar al conjunto por su trabajo. El precio medio fue de 5 euros (Le Monde, 19 de diciembre de 2007). Los cálculos más conservadores muestran que Radiohead generó 2 millones de euros con poner a disposición de sus fans su trabajo de forma gratuita.
A que mola, ¿eh? Pero lo que no mola nada es que abunden los absurdos y atropellos como este que nos cuenta David Bravo en Copia este libro:
La sociedad para la administración de los derechos de reproducción de autores, compositores y editores (SDRM), pidió al actor y realizador francés Pierre Merejkowsky y a su productora, Les Films Sauvages, 1.000 euros por usar una canción en una película que se estrenó en una sala de arte y ensayo y que solo vendió 203 entradas. La canción era “La Internacional” y uno de los personajes de la película la silba sin autorización durante 7 segundos y a cara descubierta. Esta canción del siglo XIX no entra en el dominio público hasta el año 2014. Hasta que ese día llegue, este himno comunista seguirá dando réditos a los terratenientes de la propiedad intelectual.
O este otro que refiere Lillian Alvarez Navarrete, en el artículo citado,
el hecho increíble de que no puedan usarse imágenes del techo de la Capilla Sixtina pintadas por Miguel Ángel a inicios del siglo XVI, porque, después de su restauración los derechos los posee una cadena de televisión japonesa
Mientras tanto, Javier Marías dice que nuestros políticos, los que no han aprobado –hasta ahora- la Ley Sinde, temen a los delincuentes. Sin embargo, le traiciona el subconsciente cuando dice a las claras (el subrayado es mío):
A mí me gustaría que me salieran gratis la comida y el alquiler, que son indudablemente más básicos que lo vagamente denominado "cultura" y es más bien entretenimiento. Me encantaría "descargarme" cuanto compro y consumo sin pagar un céntimo, y no veo por qué no puedo hacerlo mientras los cobardes y desaprensivos políticos de mi país permiten que mi trabajo, y el de los músicos y cineastas, sí sea pirateado y saqueado. ¿Por qué el nuestro y no el del panadero, el casero, el tendero de la esquina o el banquero?
Si no entiendo mal, a Javier Marías le gustaría, le encantaría… ser delincuente. Son sus palabras. Palabras por las que, encima, nos quiere seguir cobrando. Vaya, vaya… Me reservo para otra entrada las consideraciones sobre el arte de escribir y el negocio editorial.
El mismo argumento del panadero y el tendero de la esquina, pero en trazos más gruesos -más jamón, jamón-, defiende otro ilustre Javier, nuestro oscarizado Bardem:
Quiero comprar un tomate fresco. Voy a llamar a un verdulero para que me venda uno recién sacado de la huerta. Pero resulta que si doy a un botón en mi ordenador un tomate parecido en sabor y color se instala automáticamente en mi nevera. No está igual de bueno que el de la huerta, pero me da igual, total… es para un gazpacho (…) Dejémonos de estupideces: eso es robar. Es la orgía del crimen, la bacanal de violaciones a terceras personas.
Como ya he dicho antes, más que de robar, en todo caso, habría que hablar de lucro cesante: dejar de engrosar sus ya abultados emolumentos. El caché hollywoodiano de Bardem está entre 6 y 10 millones de dólares por película. Pero aquí resultan mucho más económicos; el más caro actualmente es Luis Tosar, que cobra la “ridícula” suma de 250.000€ por película. (Permítaseme un poco de aritmética: mi sueldo de catedrático de Enseñanza Secundaria, con 24 años de docencia a mis espaldas, asciende a poco más de 30.000€ netos al año. Y, a pesar de las rebajas, no me quejo, pues sé que en mi país hay muchos mileuristas… y otros muchos que harían lo que fuera por serlo. La cuestión es: si para cobrar lo que Luis Tosar por una película yo necesitaría 6 años de sueldo, ¿cuántos años necesitaría para siquiera acercarme a lo que cobra Bardem? ¿O debería preguntar cuántas vidas?)
En cuanto a “orgía del crimen” y “bacanal de violaciones”, me parece que Bardem ha visto demasiadas películas… Como, por otro lado, es su obligación. En serio: no es de recibo comparar las películas con los tomates, pues estos últimos, afortunadamente, ni se copian ni se pueden –todavía- copiar. Cosa que no sucede con las películas, y el negocio montado en torno a ellas, que no sería nada sin las copias y el lucrativo invento del copyright, tal vez la clave de todo este asunto.
En esta sociedad en red, que diría Manuel Castells, copiar no sólo es más fácil que nunca, sino que es una condición sine qua non de la transmisión y el almacenamiento de la información. Por ello cada vez se oyen más voces en contra del copyright, y surgen cada vez más alternativas que se adaptan a esta imparable realidad. Me gustaría saber qué opina Javier Bardem de Nicolás Alcalá, el director de la película “El Cosmonauta”, cuyo modelo de financiación, producción y distribución está basado en Internet y bajo licencia Creative Commons, por el que su película puede ser copiada.
Lillian Alvarez Navarrete, nos explica en su artículo el principio del copyleft, un nuevo concepto, que se opone al copyright:
Right en inglés significa “derecho”, pero también significa “derecha”. Por el contrario, left es la traducción de izquierda y al mismo tiempo el participio del verbo to leave que significa: dejar, autorizar, ofrecer. Por lo tanto, copyleft se contrapone al término copyright. Podemos observar que detrás de este juego semántico se contraponen dos conceptos acerca de la cultura, el conocimiento, y la información: o son considerados bienes sociales o son mercancías.
Que no nos engañen: ninguno de los artistas-creadores citados habla de arte, de creación o de cultura…sino de dinero, de lucro inmundo. Y el dinero… es una mierda, con perdón. Mi admirado Norman O. Brown decía en Eros y Tanatos:
La paradoja psicoanalítica afirma que las “cosas” que son poseídas y acumuladas, la propiedad y el condensado universal de la propiedad, el dinero, son esencialmente de naturaleza excremental.
Y el psicoanalista húngaro Sandor Ferenczi, en su artículo Ontogénesis del interés por el dinero, precisaba más:
El gozo vinculado al contenido intestinal se convierte en un placer procurado por el dinero que, según hemos visto, no es otra cosa que excreciones desodorizadas, deshidratadas y abrillantadas. Pecunia non olet.
“Mucha mierda” sustituye, entre los artistas, a “mucha suerte”, expresión esta última que evitan pronunciar por superstición. Dicen que la expresión tiene su origen en que antiguamente la clase pudiente acudía al teatro en coche de caballo, de modo que, si en la puerta del teatro había “mucha mierda”, significaba que el teatro estaría lleno, lo que podría suponer un éxito… Freud seguramente sonreiría ante esta ingenua interpretación.
martes, 28 de diciembre de 2010
¿Creadores o acreedores?
Si tuviese que contestar a la siguiente pregunta: «¿Qué es la esclavitud?», y respondiera en pocas palabras: «Es el asesinato», mi pensamiento se aceptaría, desde luego. No necesitaría de grandes razonamientos para demostrar que el derecho de quitar al hombre el pensamiento, la voluntad, la personalidad, es un derecho de vida y muerte, y que hacer esclavo a un hombre es asesinarlo.
¿Por qué razón, pues, no puedo contestar a la pregunta: «¿Qué es la propiedad?», diciendo concretamente: «La propiedad es un robo», sin tener certeza de no ser comprendido, a pesar de que esta segunda afirmación no es más que una simple transformación de la primera?
Pierre Joseph Proudhon: ¿Qué es la propiedad?, capítulo 1º
Si Proudhon estuviera vivo, la descarga que acabo de hacer de su obra para buscar esta cita y esta imagen, y la que invito a hacer al lector brindándole el enlace del archivo, podrían llegar a ser –si progresan determinadas tendencias legislativas-, respectivamente, una flagrante violación del derecho de propiedad y una incitación al mismo. Apuesto, sin embargo, a que el autor aplaudiría tan bienintencionada trasgresión de una ley, por lo demás, bastante dudosa, y me perdonaría los cuatro reales –una peseta- que valía su obra en 1900 y pocos. Peseta que, por cierto, le hubiese pagado con gusto, pues mi intención, como ha de verse, no está en robar, sino, por el contrario, en compartir. Como la de la mayoría de los internautas a los que, sin embargo, se intenta colgar el sanbenito de “piratas”.
Cree el ladrón que todos son de su condición. Así es como los bucaneros de la Coalición de Acreedores, perdón, Creadores, y los filibusteros de la SGAE (¿Sociedad General de Acreedores y Especuladores?), capitaneados por Teddy el Artista, y apoyados, según las filtraciones de Wikileaks, por los corsarios de la embajada del Tío Sam, están presionando a la ministra de cultura para que saque adelante una ley que, si consigue aprobarse, me temo que quedará como un estigma ligada a su nombre: la llamada Ley Sinde o Ley de la patada en el router –en recuerdo de aquella Ley Corcuera de la patada en la puerta-, que supuestamente pretende perseguir a los “piratas” en la red. Piratas que, mira tú por dónde, no son Teddy y sus secuaces, sino que somos nosotros. Y es que les aterra dejar de lucrarse: no quieren soltar la presa ni renunciar al botín, a pesar de que los jueces -en un raro alarde de sentido común- en sucesivas ocasiones han declinado sancionar a los gestores de las webs que supuestamente fomentaban la “piratería”, pues no han hallado un ánimo de lucro definido tal y como lo requiere el Código Penal…
A decir verdad, sí que se lucran. Me he enterado por Ignacio Escolar que webs como seriesyonquis.com pueden llegar a ganar hasta 18.000 euros mensuales por los banners publicitarios que incluyen en su página de descargas. Pero no hay que olvidar que quienes pagan son las empresas anunciantes, en ningún caso los usuarios, para los cuales el servicio es completamente gratuito. Por más que intente argumentarse que en realidad no es así, pues el usuario está pagando –y mucho- a las compañías teleoperadoras, en realidad ese pago abusivo es el mismo si está descargándose música o películas, que si está enredando en la wikipedia, chateando compulsivamente, siguiendo un curso de arameo…o trabajando sin conexión, pues la tarifa, en la mayoría de los casos, es injustamente plana. Pero ese es otro debate y otro lucro a denunciar que no conviene confundir con el que nos ocupa.
Seguir leyendo... ▼Así pues, con respecto a los contenidos culturales, ¿quiénes, hasta ahora, se están llevando la pasta? ¿Quiénes han bautizado al lucro obtenido de la especulación con el trabajo de los artistas como “industria cultural”? ¿Quiénes son, entonces, los piratas? Claro que se alegará que les asiste un derecho, el de propiedad, que algunos defienden con uñas y dientes como si fuesen partidarios de las teorías de John Locke, para quien la propiedad privada constituye nada menos que un derecho natural. Hablemos, pues de esa propiedad sobre la cual se están diciendo tantos improperios.
“C’est le vol”, "Es el robo", decía Proudhon, quien, como se ha visto en la cita inicial, llamaría ladrones a los que se consideran propietarios. Antes que él, Rousseau iba mucho más lejos en las acusaciones:
El primer hombre a quien, cercando un terreno, se lo ocurrió decir esto es mío y halló gentes lo bastante simples como para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: «¡¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!!»!
Jean Jacques Rousseau: Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, 2ª parte
Y mucho antes el mismísimo Platón se había atrevido a hacer un silogismo, radical como pocos, que rezaría tal que así: Si la propiedad privada es el origen de todos los conflictos sociales, y la familia es el origen de la propiedad privada, entonces la familia es el origen de todos los conflictos sociales. Corolario: si queremos acabar con los conflictos sociales…acabemos con la familia. (Dan ganas de mandárselo en un christmas a Rouco Varela…).
No hace falta estudiar psicoanálisis para darse cuenta de que los sentimientos de propiedad y posesión, así como sus complementarios de envidia y xenofobia, tienen su origen en la familia: lo mío y los míos versus lo ajeno y los otros. El niño, casi de forma natural -¿tendrá razón Locke?- dice constantemente: “mío, mío”. Pero, ¿qué es lo realmente suyo? ¿Qué es realmente mío? ¿Mi familia? En todo caso son tan míos como yo de ellos. Lo mismo hay que decir de los amigos. ¿Mi lenguaje? ¿Mi cultura? Todo me ha sido dado, todo es herencia: hasta “mi” cuerpo y “mi” ADN. La vida es un don, y tal vez por ello, mucho antes que la guerra, los hombres que vivían en bandas y aldeas practicaban la reciprocidad (véase Marvin Harris: “Había vida antes de los jefes?”, en Nuestra especie). Por sorprendente que parezca, antes que la “guerra de todos contra todos” que Hobbes creía ver en nuestros licantrópicos antepasados, estuvo el regalo. Así nos lo contó Marcel Mauss en su magistral Ensayo sobre el don, por cierto, un buen regalo de reyes para nuestros creadores-acreedores.
Los “piratas” de las descargas no sólo no roban ni les mueve el ánimo de lucro, sino que comparten, regalan, y a cambio sólo piden ¡¡las gracias!! Malinowski llamó argonautas del Pacífico occidental a los practicantes de esa cadena circular de regalos, el Kula melanesio sobre el que luego reflexionara Mauss. Tal vez hoy podríamos hablar del Kula que practicamos muchos de los internautas de la Aldea global…
Tanto Platón como Rousseau o Proudhon se referían a la apropiación de bienes materiales. Pero, ¿qué hay de eso que se ha dado en llamar “propiedad intelectual”? En un ensayo titulado Las ideas y las cosas. La riqueza de las ideas y los peligros de su monopolización, de Beatriz Busaniche, sobre el que luego volveremos, me he encontrado esta cita de Thomas Jefferson:
"Si la naturaleza ha creado alguna cosa menos susceptible que las demás de ser objeto de propiedad exclusiva, esa es la acción del poder del pensamiento que llamamos idea, algo que un individuo puede poseer de manera exclusiva mientras la mantenga guardada. Sin embargo, en el momento en que se divulga, se fuerza a si misma a convertirse en posesión de todos, y su receptor no puede desposeerse de ella. Su peculiar carácter es también tal que nadie posee menos de ellas porque otros posean el todo. Aquel que recibe una idea mía, recibe instrucción sin mermar la mía, del mismo modo que quien disfruta de mi vela encendida recibe luz sin que yo reciba menos. El hecho de que las ideas se puedan difundir libremente de unos a otros por todo el globo, para moral y mutua instrucción de las personas y para la mejora de su condición, parece haber sido concebido de manera peculiar y benevolente por la naturaleza, cuando las hizo, como el fuego, susceptibles de expandirse por todo el espacio, sin ver reducida su densidad en ningún momento y como el aire en el que respiramos, nos movemos y se desarrolla nuestro ser físico, incapaz de ser confinadas o poseídas de forma exclusiva. Las invenciones, pues, no pueden ser, por naturaleza, sujetas a propiedad".
No se puede ser más claro.
Pero ya siento el codo de don Latino de Hispalis: “Max, no te pongas estupendo”.
Pongámonos serios. A vueltas con la propiedad intelectual, no vienen mal algunas consideraciones sobre el autor y el proceso creativo. Entre los muchos geniales chascarrillos de Albert Einstein, me he encontrado –en la red, por supuesto- la siguiente perla: “el secreto de la creatividad es saber esconder tus fuentes”. O sea, que implícitamente nos está diciendo que toda “creación” en el fondo es un refrito. En la misma línea en cierta ocasión oí decir a Albert Boadella que el primer mandamiento de su decálogo para artistas es recordar que, en sentido estricto, Dios es el único creador y todo, pues, está ya creado, ya lo hizo alguien. Sólo debemos mirar a nuestro alrededor y descubrirlo … antes de que otro lo haga. Por cierto, que eso es lo que, etimológicamente, significa invención: descubrimiento. Otro de sus mandamientos era acabar con el monopolio de los poetas: poetas somos todos…
¿Qué dicen, entretanto, nuestros “creadores”?
Lo comentaremos en el próximo episodio.
Etiquetas:
arte,
creación,
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