domingo, 1 de diciembre de 2013

Farias para Sheldon

Para mi amigo Luis, que en su retiro de El Paular, sé que a escondidas fumando espera... a aquello que Dios quiera.
Primero tuvimos que digerir el desengaño de que el hombre del Marlboro en relidad no nos invitaba a ser hombres, sino adictos al cóctel politóxico que mezclan con el tabaco. (Algo parecido al trauma que le supuso a nuestras madres enterarse de que su amado Rock Hudson era gay). Luego asumimos el sacrificio impagable de ponernos cívicos con el tabaco y no obligarle a fumar al prójimo. Y ahora resulta que llegan los vaqueros mafiosos de Las Vegas a montarnos una megaludoteca para adultos en el puto corazón del país, y estamos dispuestos a cagarnos en nuestras leyes -y de paso en nuestros sufridos excombatientes del tabaco, entre los cuales me cuento, con 30 años de servicio fielmente cotizados-, y estamos preocupados de que les falten los ceniceros...

Primero fue el fumando espero al hombre que yo quiero, y ahora nos hemos quedao con el mono y el parche de nicotina, mientras que llega el hombre que nadie espera para fumarse nuestras leyes y seguir añadiéndole dígitos a su "pequeña" fortuna personal de 25.000 millones de dólares.

Conste que nunca he compartido esa perversa inversión del sentimiento que supone pasar del tabaquismo a la liga antitabaco. Por el contrario, como excombatiente que soy, me compadezco sinceramente de las penurias a las que hoy tiene que hacer frente el fumador convicto. Pero que venga un yanqui sionista a fumarte en la cara, y de paso llenar de indeseables el patio de tu casa, a cambio de una mísera propina por sujetarle el cenicero, mientras la pasta gansa se va como el humo a paraísos fiscales, es como para enviarle al susodicho una caja de Farias con nuestros mejores deseos de que los disfrute... como supositorios.

martes, 18 de junio de 2013

Bendita utopía

(Mi buena amiga Mariaje ha tenido la gentileza de regalarme estas bellas palabras de Eduardo Galeano, y no tengo más remedio que compartirlas.)

martes, 28 de mayo de 2013

Para jóvenes aprendedores

(Hace ahora dos años que castigué a mis alumnos de 2º de bachillerato, en el día de su graduación, con el discurso del buey. Este año, el discurso ha sido extraoficial: ha sido el postre, un tanto escatológico, que se han tenido que tragar en la cena de despedida.
Para compensar ese mal gusto escatológico, añado un excelente clip de video de Jorge Pérez, fundador del grupo Patáx, que deja bien claro que no siempre el culo es malsonante...)

miércoles, 6 de marzo de 2013

El "bubble syndrome" o cuanto más, peor


Me dicen dos sufridos lectores que mi última entrada sobre Benito Espinosa les ha dejado K.O. Confieso que un servidor también se ha quedado fuera de juego con tamaños arrobamientos. Y es que tiempo ha que abrazo la idea de abrir una nueva bitácora para tan densos menesteres, y reservar este espacio para el catálogo de anomalías, que las sigue habiendo, y muchas.

Como muestra, un botón. Leo que “España es el cuarto país de la UE con mayor penetración del Internet móvil de alta velocidad, solo superado por Suecia, Finlandia y Dinamarca.” Y que “a pesar de este incremento, España se mantiene como el cuarto país más caro de la UE, solo superado por Malta, Países Bajos y Bélgica.” Sobran comentarios.

Pensé titular esta entrada la burbuja moviliaria, pero no quise alimentar esa tendencia que escuché el otro día: que hablamos más de los móviles que por los móviles. Además enseguida me di cuenta de que no es ni mucho menos el único caso de inflación en este país y en este tiempo loco de excesos.

Véase si no la que podríamos llamar burbuja literaria. Y no me refiero a la desproporción enorme entre los libros publicados en este país con respecto a los lectores reales, sino a una nueva práctica inflacionaria que los nuevos soportes y dispositivos han traído consigo. “Me he descargado 300 e-books gratuitos”. “Eso no es nada: yo tengo en el Kindle más de 5.000”. Y así camina el personal como si nada con la biblioteca de Alejandría en el bolsillo. Podría esperarse que con esos abultados fondos bibliográficos las competencias literarias de la media hubiesen aumentado de modo exponencial. Pero no hay más que contemplar la pobreza semántica y el deterioro sintáctico y ortográfico de los tweets y demás bulliciosa mensajería… No digo yo que haya que escribir cartas para la posteridad, como San Pablo o como Pedro Abelardo, pero uno añora un cierto mimo por el lenguaje epistolar…

Claro que apenas tiene tiempo el personal para balbucear escuetos tweets, si tiene que atender a un millón de amigos con la creciente lista de gilipolleces que vomitan diariamente en la ubérrima red social. Se trata del que podríamos llamar friendly bubble syndrome o síndrome de Roberto Carlos. Adjunto un vídeo del cantante, para los que no estén en edad de conocer a semejante baluarte de la megaamistad y profeta de la que nos está cayendo con las redes:


 
Por mi parte, a riesgo de parecer un friki o un dinosaurio, sigo pensando que los amigos, como los enemigos y los libros, mejor de uno en uno.

martes, 4 de diciembre de 2012

La geometría de los afectos

Laetitia est hominis transitio a minore ad majorem perfectionem

La alegría es el paso del hombre de una menor a una mayor perfección

ETHICA GEOMETRICO ORDINE DEMONSTRATA,
 pars  III, affectuum definitiones 2

Lo sabía. Benito Espinosa, lo sabía. Como sabía, fría y calculadoramente, que Dios está exento de pasiones y no es afectado por sentimiento alguno de alegría o de tristeza, ya que Dios no puede pasar ni a una perfección más grande, ni a una menor. Por ello, en realidad, Dios no ama ni odia a nadie, en el sentido propio. Del mismo modo que nadie puede odiar a Dios

Saber que Dios no te ama ni te odia, y saber que ese mismo acto de autocomprensión no es otra cosa que amor a Dios, es, para mi triste perspectiva, saber demasiado. Más que saber demasiado: saberlo todo. Saberlo todo sobre Todo, es decir, sobre Dios, sobre Natura, sobre la única sustancia: la sustancia infinita que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita.


Yo, sólo sé que no sé nada, como aquél que pretendía conocerse a sí mismo y hallar la ciencia del bien… y no consiguió cuajar una triste definición. 


Quien se conoce a sí mismo clara y distintamente, y conoce de igual modo sus afectos, ama a Dios, y tanto más cuanto más se conoce a sí mismo y más conoce sus afectos… 


Toma definición. Y, si hace falta, apoyada por su explicación, seguida y precedida de proposiciones, axiomas, lemas y postulados, acompañados por sus respectivas demostraciones, escolios y corolarios. La perfecta geometría de los afectos.


A diferencia de Dios, el hombre no está exento de pasiones y afectos, y en ese tránsito a la perfección en el que está embarcado, la tristeza suele ser más frecuentada amiga que la Leticia, y sus efectos son justamente los contrarios a los de ella. Así le damos a nuestra imperfección unos vaivenes, en muchos casos, morrocotudos, y nos desviamos, perdemos y retrocedemos en el camino hacia la beatitud, y el “contento de ánimo”. Son los vaivenes del ignorante, pues el ignorante, aparte de ser zarandeado de muchos modos por las causas exteriores y de no poseer jamás el verdadero contento del ánimo, vive, además, casi inconsciente de sí mismo, de Dios y de las cosas


Pero Benito lo sabía. Y en su silencio aquiescente, gozaba de ese saber, el del sabio que apenas experimenta conmociones del ánimo, y que, lejos del zarandeo de la ignorancia, siempre posee el verdadero contento del ánimo: la aquiescencia, que parece que dice la ciencia de estar aquí, quieto, y contento, permanecer contemplándose a sí mismo con la quietud de un monje zen.


El estado natural de los cuerpos y de las almas es el reposo. Sólo se mueven por perturbaciones de su quietud, como lo son las fuerzas naturales para los cuerpos, y los afectos para las almas. Lo que sucede es que cuerpos y almas sufren constantemente de perturbaciones, tempestades y marejadas, y sólo en contadas y efímeras ocasiones pueden gozar de una calma chicha.


El contento de sí mismo es una alegría que brota de que el hombre se considera a sí mismo y considera su potencia de obrar.

(Acquiescentia in se ipso est laetitia orta ex eo quod homo se ipsum suamque agendi potentiam contemplatur)  (Acquiesco = entregarse al descanso)

Contemplar la propia agendi potentiam, nuestro poder de obrar, de hacer y de actuar, hace brotar la aquiescencia, conformidad o contento de sí mismo: una alegría de esas que nos hacen transitar de una menor a una mayor perfección. El virtuosismo en esta contemplación es beatitud, felicidad. 


La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma.


Felicidad es amar a Dios. Amor a Dios, que es tanto como decir amor al Ser. Querer al Ser, a lo que hay, a lo que es, a los que son, a los que somos. Amar a Dios es amar al prójimo amándose a sí mismo en un mismo y único amor, pues no hay nada más que amar.


Amor a Dios: querer al Ser o querer ser, o quererse…. es beatitud, felicidad: es sentir la alegría de poder ser, de poder constituir una esencia de las infinitas que expresan los infinitos atributos de los que consta la única sustancia, la sustancia divina. 


Laetitia, acquiescentia, beatitudo… Alegría, conformidad, felicidad: sentirse como Dios.


Luego hay quien anda creyendo saber que Benito era ateo… 


Si esto es ateísmo, bendito ateísmo. Bendito… y espinoso, puesto que todo lo excelso es tan difícil como raro… Así es como termina esa difícil y rara geometría de los afectos que es la  ETHICA GEOMETRICO ORDINE DEMONSTRATA


Geometría bendita y demonstrata, aunque rabinos y cristianos la tuviesen por maldita. La maldición de Espinosa: maldito siendo un Bendito… y tenido por ateo, cuando, para Benito, no hay nada más que Dios…

viernes, 2 de noviembre de 2012

Secretarios sin secretos

En el principio era el Word,
y el
Word estaba junto a Dios,
y el
Word era Dios.
Ni que decir tiene que Dios era Windows, esa mágica ventana que nos asomaba a un mundo virtual que prometía, como todo nuevo invento, hacernos el trabajo más fácil, hacernos ganar tiempo…
 

Después vinieron las glosas emilianenses, los e-mails, que, junto a una nueva y abstemia forma de chateo, agilizarían nuestras comunicaciones…
 

Por fin llegaron las redes, para sentirnos enredados globalmente…
 

Y ahora tenemos el guasap, para poder soltar de manera casi instantánea todo lo que se nos pasa por la cabeza, el corazón o las tripas…
 

Lo más paradójico es que ese tiempo prometido por la tecnología, no es otro que todo ese tiempo, mucho tiempo, empleado cada vez más en todas estas labores de secretariado. Y hete aquí que, rodeados por un alarmante desempleo, caminamos empleados, pluriempleados en esas múltiples labores de autosecretarios.
 

Pero la paradoja no termina aquí. Si secretario, etimológicamente, es el que guarda los secretos, este nuevo secretariado voluntario al que nos hemos apuntado consiste precisamente en lo contrario: tenemos un asombroso abanico de medios tecnológicos al servicio de la publicación de los más nimios secretos de nuestras irrelevantes vidas. Ya hace tiempo que los antropólogos vienen anunciando el fin de nuestra intimidad. Hemos pasado de la labor callada y bajo llave del diario personal, a la diaria y megafónica publicación de nuestras miserias. Secretarios sin secretos. 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

September song 2012

Hace un año, quise empezar el curso con un cálido Chet Baker que templase tanto jarro de agua fría cómo nos estaba empezando a caer. Pero ha llegado don Mariano con la manguera y este septiembre el quemazo promete ser morrocotudo. Por ello, en este tórrido septiembre, nos hace falta la caña de un James Brown…

lunes, 13 de agosto de 2012

Metamorfosis

No sabemos ni si, ni qué, ni cuántos fénix nacerán de las cenizas de esta ya demasiado prolongada agonía de la posmodernidad, pero no somos los primeros ni los únicos en asomarnos a las grietas que han dejado al resquebrajarse todas las historias, todos los cuentos y los mitos que algún día arroparon y entusiasmaron a nuestros ancestros. Iba a llamarlo crisis, pero esta bella y trémula palabra lleva hoy una tan fea y pesada losa encima, que prefiero decir metamorfosis, como dijera el viejo Ovidio. Cambio de forma, incluso, o sobre todo, cuando todas las formas se deforman, o se vuelven informes,  o informáticas…

Dije que no iba a hablar de crisis, pero no me resisto a comentar lo que mi hijo el otro día me soltó subido en el almendro del jardín: “Papá, ¡que de almendras tiene este año el almendro! ¡Y eso que hay crisis!...” Con su inocente empatía, hizo que mi sonrisa inicial por la ocurrencia dejara paso a una ceñuda reflexión sobre el metafísico alcance de esta puñetera crisis. ¿Será la Crisis Total, la Gran Demolición? ¿Y después de los escombros y los cardos? ¿La Tierra Baldía? Y, si así fuera, ¿dónde encontrar el Grial que sane a nuestro enfermo Rey Pescador? O, lo que es más importante, ¿quién habrá de encontrarlo? Los que seguimos buceando en las viejas historias porque pensamos que en ellas dormitan las claves con las que los hombres se han guiado y perdido en sus variados viajes y metamorfosis, sabemos que hoy el libro de cuentos está en blanco. Mejor dicho, en negro… Tan negro como un oscuro espejo al que tememos asomarnos… porque tal vez al otro lado nos aguarda nuestro propio rostro recién estrenado.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Sindromología sucinta

Desocupado y fiel lector que, tras mi prolongada ausencia, ya temías por mi integridad física y/o psíquica: he vuelto, con mi atónita mirada y mi alopecia lingüística. Lo que ha podido parecer un enmudecimiento ante la abrumadora acumulación de estupidez circundante, en realidad ha sido la observación perpleja, seguida de pesada digestión, de los anómalos comportamientos de mis congéneres. Observación y digestión que me han llevado a atreverme a iniciar un proyecto de clasificación etológica y semiológica de algunas de esas nuevas e inquietantes conductas que, de forma alarmante, proliferan como auténticos síndromes a estudiar. Comienzo aquí, pues, este proyecto de sindromología sucinta (en adelante, SS).

No es mi intención enmendarle la plana a ese monumento a la taxonomía  de la enajenación que es el DSM IV, el Manual Diagnóstico Estadístico de los Trastornos Mentales, en su 4ª edición.  Me confieso más amigo de nomenclaturas menos ostentosas -pero no menos certeras- como las greguerías de Gómez de la Serna o el legendario Diccionario de Coll. Salvo en el caso de los dioses, los teúrgos y los grandes poetas, para los cuales nombrar es un acto de creación, lo habitual, para los palabreros como yo, es que nombrar sea más un acto recreativo, a lo sumo un bautizo, un ocurrente etiquetaje de realidades ya existentes desde, si acaso, un horizonte no transitado o una perspectiva insólita. Ingredientes, por cierto, que suelen acompañar a ese bendito sinsentido que es el sentido de humor. Quédese, pues, el DSM con el rigor –a veces hueco y estéril-, que esto más bien pretende ser un jocoso bestiario para dar nombre y cobijo a algunos de esos híbridos androides y alienados especímenes que hoy pululan por doquier. 


En realidad, ya en mi última entrada había comenzado sin pretenderlo con este catálogo de síndromes, pues no otra cosa puede ser la caracterización del Homo Tontolculus de Forges (en adelante SS1), ese ser afectado por lo que casi es un oxímoron, la parálisis del móvil, combinada con una compulsión  a la impudicia verbal o verborrea impúdica, cada vez más presente en nuestras calles y plazas, incluso en nuestras familias. 


Sólo añadir una última y preocupante variedad o mutación que he contemplado atónito cómo prolifera en la vía pública. Me refiero a ciclistas por la acera que, en un alarde de arriesgado equilibrio y atención polivalente, sortean peatones, manejan el manillar con una mano, con la otra sujetan el móvil, a través del cual mantienen una conversación, que bien puede tratar de intentar resolver un conflicto amoroso (“No seas tonta ¿No ves que a mi esa tía no me importa nada? Lo que pasa es que va por ahí con las tetas por delante…”); o quién sabe si el comentario solidario sobre algún nuevo recorte presupuestario (“Si es que parados y funcionarios no son más que parásitos. No hacen más que estorbar. Como los peatones. No veas un gilipollas que me acabo de cruzar, que de repente salió corriendo detrás de un niño. Casi me hace caer de la bici, o, lo que es peor, casi se me cae el iPhone, con la pasta que me ha costado…”

El colmo épico -y verídico- de esta nueva variante ha sido un ciclista que iba subiendo una cuesta, de esas que hacen honor a su nombre, y, casi sin aliento, seguía fiel a la conversación que mantenía por el móvil. Sencillamente heroico. Estuve a punto de aplaudir. Y preguntarle si se trataba de alguna nueva modalidad olímpica…

domingo, 15 de abril de 2012

Rituales posmodernos: del papamóvil al móvil litúrgico

Mucho antes del iPhone y de toda esa embriagadora sidra telefónica que va saliendo de la manzana de Steve Jobs, el genial Forges ya nos anunciaba el advenimiento de un nuevo homínido, el hijo de la era móvil: el Homo Tontolculus.

Y lo anunciaba incluso antes de saber que, desde 2006, en España hay más móviles que habitantes. En 2012, para algunos no hay vida más allá del móvil…


Ya era todo un presagio que, en ese rito de paso que a duras penas sigue siendo la primera comunión, el momento estelar, que supera con mucho en importancia a la eucaristía, haya pasado a ser la entrega del primer móvil al muchacho o muchacha que, desde entonces ingresa en la cofradía del tontolculus. A partir de ese momento irá alternando compulsivamente entre dos rituales onanistas, a saber: caminar con la mirada perdida, la mano cabe la oreja, y moviendo los labios en una impúdica conversación a solas… o sumergirse cabizbajo, con mueca de emoticon, y la mirada ausente y atrapada en los límites no traspasables de una pantalla que le muestra un multiverso en el que, en vez de cuerpos y seres, hay fantásticas aplicaciones


El aggiornamento que trajo consigo el Concilio Vaticano II, si bien no ha acabado de cuajar en los contenidos ideológicos –donde incluso podemos hablar de una retrocessione-, sí que ha ido produciendo pintorescos sincretismos en las formas litúrgicas.
Cuando mi hijo identificó el papamóvil con una pecera, confieso que tuve una epifanía mística. De repente, con ese ritmo analógico con el que resuenan los símbolos, fui enhebrando como abalorios de un collar los siguientes hechos: que Jesús eligió a pescadores como discípulos para hacerles pescadores de hombres; que, antes que la cruz, el pez –ΙΧΘΥΣ en griego- era el símbolo-acróstico de Jesús –Ιησους Χριστος Θεου Υιος Σωτηρ, Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador-; que los bautizos se hacían en piscinas, que entonces no eran lugares para que nadase la gente con gorro y bañador sino para los peces –piscis en latín-; que Jung afirmaba, que, por el fenómeno de la precesión de los equinoccios, el nacimiento de Jesús marcaba el comienzo de la era astrológica de Piscis… Y ahora, una pecera para el Papa. Demasiado para mis delirios paranoicos…


Pero el pasado domingo de Pascua me aguardaba un misterio más inefable. Estaba yo en mi tierra, en Ponferrada, adonde había llevado a mis hijos para que contemplasen la procesión que a mí, de pequeño, más me impactaba. Se trata del momento en que aparece el Cristo sacramentado en presencia de la Virgen, y el sacerdote, hasta entonces bajo palio, le quita a ésta el velo de luto. Entonces, al unísono, empieza a tocar la banda, repican todas las campanas de la ciudad y se tiran unas cuantas bombas. Lo recordaba como un instante atronador. Sin embargo… ¡cómo habían cambiado las cosas! Para empezar, los hechos ya no suceden en la plaza de la Encina, junto a la basílica, sino en la del ayuntamiento, con lo cual las campanas suenan… pero de lejos. Además, para mi decepción, los recortes de este año se han cargado hasta los cohetes y las bombas. Pero lo más impactante fue la visión que tuve instantes antes de la retirada del velo. Ante los ojos atónitos de los presentes, el sacerdote, bajo palio, empezó a manipular un móvil. “Lo irá a apagar”, pensé. “¡Qué falta de previsión…!”. Pero, para mi asombro, acto seguido, en vez de guardarse el móvil, se lo llevó a la oreja, ¡y empezó a mover los labios! ¡Estaba hablando por el móvil instantes antes de quitarle el manto a la Virgen…! 


Las circunstancias se aliaron de tal modo que tuve ocasión de ver al sacerdote antes de irme. Con las maletas ya hechas, me notificaron la muerte de un tío –por cierto, que otro día relataré el baile de buitres que acechaban en torno a su cadáver-. Así que, en el tanatorio, el sacerdote en cuestión, amigo de la familia, acudió a echar un responso. “Esta es la mía”, me dije. Mientras me estaba dando el pésame, me acerqué a su oreja -la oreja del delito-, y le dije que tenía que hablar con él a solas. “Ahora mismo”, me dijo. “Que sepas que te vi, es más, te vio todo dios”. “¿Me viste qué?”, respondió extrañado. “¡¡Hablar por el móvil bajo palio!!”, le dije. “¡A ver cómo te crees que iba a avisar al sacristán para que tocase las campanas…!”, me espetó. Y así descubrí atónito que lo del móvil entraba dentro del protocolo. Ritual que, no sé si lo he dicho, incluía un Salve Regina en latín que sólo pudo seguir el sacerdote, pues ni dios se la sabía...


Estaba yo aún perplejo por el admirable sincretismo de este cura, cuando, buscando una imagen de móviles para ilustrar este post, me encuentro  con la estatua de un ángel en una catedral holandesa ¡que está hablando por el móvil! Y en este caso, no creo que sea con el sacristán… Confirmado pues: para aquellos descreídos que preguntan dónde está Dios, que permite tanta injusticia y tanto recorte, hay una respuesta alternativa al Dios ha muerto de Nietzsche: está ensimismado con el iPhone que le ha pasado Steve Jobs a cambio de que le perdone su codicia y el habernos ofrecido, cual satánica serpiente, una manzana que, además de mordida, estaba envenenada…